
Coincido en leer dos reportajes de Moleres: uno en El País del domingo pasado, otro en Photo de este mes. Ambos explican la historia de este enfermero reconvertido en fotógrafo denunciante de realidades desechables, por ejemplo la de los menores en las cárceles de adultos de Sierra Leone o Sudán.
Él espera que su trabajo sea la ventana por donde veamos estas injusticias y actuemos en consecuencia. Ahora, la ventada está siendo Visa pour l'Image, en Perpignan.
Esta imagen es buena por el contenido, evidentemente, y por el encuadre desigual, que llama la atención más sobre unos personajes que sobre otros. De un soldado sólo se observa el brazo en actitud marcial. Del siguiente, la ausencia de la cabeza denota la cosificación, el anonimato del ejército. El último nos sitúa geográficamente el conflicto. El penúltimo, al no llevar gorra, es un puente entre lo civil y lo militar, y nos puede llevar a identificarnos con él. Y el del centro es, sin lugar a dudas, el horror de la guerra que no distingue edades.